Un Desvío Afortunado


Uno de los accidentes más afortunados de mi vida fue Turquía.

Siempre había sido uno de los países que más me intrigaban pero a la vez que más me asustaban, visitarlo siempre estuvo en el plan pero no tenía las agallas para materializarlo.


Estaba a dos semanas de terminar mi viaje por Tailandia y estaba preparándome mentalmente para volver a casa, hasta que un muy buen amigo que casualmente vivía en Adana (Turquía) me dijo: ¨Ya que está por este lado del mundo, venga y me hace la visita¨, y así fue. Gasté el 80% de los últimos dólares que me quedaban en el pasaje de Bangkok - Estambul y con 200 dólares en el bolsillo alargué mi viaje por 2 semanas más.


Honestamente no sabia que esperar al llegar, pero debo decir que las fotos y lo que muestran en televisión no le hacen justicia a la belleza de este país. Desde el momento en que salí del aeropuerto de Estambul no pude más que enamorarme con sus costumbres, su comida, su gente y eso sólo fue la primera impresión.



Dicen que todos experimentamos los lugares de manera diferente y no podía estar más de acuerdo. Si tuviera que encontrarle un defecto a Turquía sería el lenguaje. Fue un poco problemático comunicarme porque muchas de las personas que conocí no hablaban inglés y mucho menos español; y si a eso le sumamos que cada vez que hablaba con alguien, con sólo verme asumía que era turca - esta comedia no podía ser mejor.


El no poder comunicarme me forzó a ser más recursiva, pero a veces no era suficiente. Sin embargo, me mostró cuan amables y generosos sus habitantes pueden ser. Uno de los consejos más valiosos y efectivos que recibí fue ¨Usted parece turca, hable usted primero y en inglés¨ - funcionó perfecto y me evito inconvenientes -. Con esto, aprendí que los turcos tienen una habilidad magistral de resolver situaciones, si no te entienden conocen a alguien que seguro si.


Poniendo de lado la barrera del lenguaje, nunca me imaginé descubrir la exquisitez de su cultura. El haber tenido la oportunidad de recorrer parte de ella, caminar entre sus calles y admirar su arquitectura. La combinación de sus colores y los matices de sus paredes. Conocer la historia plasmada en cada esquina de lugares maravillosos como la Mezquita Azul, la Hagia Sophia o la antigua Cisterna.



Escuchar el llamado de las mezquitas a sus creyentes. Admirar las aguas que la bordean y el traje de luces con el que se viste cada noche para encantar al afortunado que la admira.

Y su comida… pese a que yo tengo gustos muy específicos en la comida (por no decir que soy algo cansona - aunque ahora menos que antes) soy poco de condimentos y no soy muy tolerante al picante, aún así la comida turca fue una de mis experiencias favoritas. Cada bocado fue como cuando Remy (en Rataouille) toma la fresa, y con cada mordisco hay una explosión de sabores en forma de juegos pirotécnicos, así fue mi experiencia con la comida turca. Y que decir de los dulces - simplemente de otro mundo.



Definitivamente para disfrutarla mejor hay que ir con mente abierta y dispuesto a tomar todo como venga porque todavía en varias ciudades su cultura aún es muy conservadora. Pero eso no le quita su gracia, eso la hace aún más mágica.


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© Copyright 2019 by La ruta de la Rola. Todos los derechos reservados. Fotos: Vivian Sanchez

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