Perspectiva de extranjera residente

Creo que soy de las pocas personas a quienes nunca (ni en sus más salvajes sueños) imaginaron lo que su vida terminaría siendo. Nunca tuve sueños de ir al extranjero y aprender idiomas no estaba en mi lista de deseos. Realmente, es gracioso recordar a la “yo” adolescente, imaginando lugares como Paris o Londres como si fueran cuentos sacados de la ciencia ficción. Escuchar hablar de personas viviendo en el extranjero, para mí, era pensar en gente muy especial pero ajena a círculo.

En el momento en que se abre la puerta del mundo, con ella se abren muchas otras y cada una con una emoción diferente. La mayor y única preocupación durante mi primer viaje era ser victima del famoso cambio de maletas, aquella tradición de inculpar inocentes para que las mulas llevaran sus encarguitos.

Ahora, echando raíces después de muchos años de vagar por el mundo y de no tener un lugar fijo al cual llamar casa, me doy cuenta de que mi experiencia como extranjera/turista fue muy controlada y en un 99 % positiva. En realidad, nunca sufrí por problemas de idioma, o lidiar con malentendidos accidentales. No siento o recuerdo haber sido victima de racismo como otras personas que conozco y siempre encontré a alguien que me brindara ayuda en todo momento. Sin embargo, hay que aclarar que en mis viajes pasados, el tiempo libre para explorar y tener algún sentido de “realidad” fue limitado y siempre dentro de los limites de extranjero de paso. La diferencia entre la realidad de turista y la de residente era totalmente desconocida, como si la ciudad a la que se visita estuviera en campaña electoral, y después de haber ganado la admiración y el amor, empieza a mostrar los verdaderos colores.

En este momento como residente, la ciudad que me enamoró hace años atrás me muestra sus verdaderos colores, y cada día me sorprende con nuevos tonos. De nuevo, debo admitir que la fortuna ha estado de mi parte porque los colores que encontré son aun más bellos que los originales, algo que no ha todos les ocurre.

En el momento de cambiar el estatus de turista a residente, independiente de si la transición fue positiva o negativa, es cuando se da uno cuenta que las habilidades de “máster turista” son casi obsoletas en la vida real. Que aprender el idioma local y tratar de seguir las costumbres de los locales es de vital importancia, eso de “a donde fueres haz lo que vieres” es totalmente acertado y necesario en aras de sobrevivir. Es cuando las historias de camaradería entre connacionales e incluso entre locales y extranjeros toman sentido, porque, todo extranjero residente tiene un “ángel” que lo ayudó a salir adelante en ese país extraño al que decidió mudarse; ahora, si alguien conoce de un todopoderoso que se hizo solo en tierra ajena, que se manifieste y de la fórmula.

Son tantas cosas tan nuevas y tan extrañas que es inevitable no sentirme una alienígena, y a pesar de que tengo el apoyo de personas maravillosas, mi experiencia no deja de ser abrumadora. Quizás, mi opinión seria diferente si me hubiese mudado a una ciudad donde el idioma y las costumbres fueran similares a las de mi origen, pero en ese caso ¿Dónde estaría la diversión?

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