Las peligrosas aguas de la Cocina Turca

Mi relación con la comida en general ha sido de amor/odio - mas odio que amor. ¿Podría decirse que he tenido desordenes alimenticios? Sí. ¿Los manejo mejor ahora? Definitivamente, digamos que soy más flexible con ella y me arriesgo a probar más que antes. He tenido momentos en los que mi amor por la comida es sano, otros tantos en los ha sido aberración total hasta el punto de dejar de comer casi completamente (pero mi mama no dejo que pasara a gran cosa). No, no llegue a la anorexia y la verdad la bulimia parecía mucho trabajo así que esa idea se descartó casi de inmediato.

Sin embargo, con todo lo que representa la comida (personalmente) la curiosidad por la cocina siempre ha estado ahí. Desde pequeña recuerdo que he ayudado de una manera u otra en la cocina, sea lavando los platos, o ayudando a mi tía o a la señora que me cuidaba, en el proceso (picar, pelar, etcétera) lo que no puedo dar fe es si esa ayuda fue voluntaria, fui “obligada” por la situación (puede ser que no haya podido argumentar con éxito que jugar era más importante que la cocina), o utilizaron alguna triquiñuela terrorista que las mamas usan para que uno les ayude – ustedes mamas saben de lo que hablo.

Tuve mi época de mini-chef. Trate de aprender y llevar a cabo mil y una recetas, 99 % insatisfactorias o incompletas. Cuando hablo de incompleto me refiero a saltarme pasos después de terminada la comida como apagar la estufa (estufa eléctrica). Recuerdo varias veces que mi mama llegó a una casa completamente caliente por el calor de la estufa que deje prendida – y no, ningún sartén u olla fue lastimada en el proceso. Pero, después de tantos intentos fallidos decidí dejar de intentar y más bien disfrutar de la comida de aquellos que se matan años en aprender a cocinar. Así que, ¡si no lo adivinaron ya! Yo no cocino.

No en tanto, el haber sido una huésped o invitada permanente por muchos años, no significó que no tenía que hacer nada y que todo llegaba a mis manos cual princesa (si, soy una princesa pero no llego a ese nivel). Mi mama me enseñó que especialmente cuando uno se queda en casa ajena hay que ayudar tanto como el anfitrión se lo permita o le pida. Y en cuanto a mi falta de habilidad con la cocina, soy muy abierta y lo digo sin pena: “de aprender, lo puedo hacer, pero no me hago responsable del sabor”.

Una de las cosas que más amo de mi nuevo hogar “Turquía”, es que amé la comida en todas sus formas y colores desde el día uno – hace 5 años. Todo es tan rico en sabor, y esta hecha de tal manera que aunque parezca mucho, sigue siendo suficiente. Manejan tantos tipos de sabores, combinaciones, especias de manera separada y también juntas, que es difícil de seguir. Es tan deliciosa, tan adictiva y peligrosa que no bastaría una vida entera para terminar de probar todos sus niveles.

Lo que más me impresiona es que no hay nada hecho a medias, todo tiene un proceso desde el hacer la comida, pasando por el como poner la mesa hasta la manera de comer. La palabra poco o limitado parece no existir (peligroso). En casa de mi mama, recuerdo que el único día en que había comida en abundancia era el domingo porque “no hay que ser exagerados” en palabras de mi mama. Pero aquí, lo que para mí es exagerado para ellos es normal. Me encanta sentarme a la mesa con mi novio y su mama y ver como aman comer, ver la satisfacción de cada bocado y también tomar pequeños descansos para digerir un poco antes de continuar con la empresa. Y si al final, se sienten muy llenos no hay nada que una soda (o Bretaña – aunque aquí no hay esa marca) o un té turco no arregle.

Desafortunadamente, aunque yo ame la comida turca mi estomago no está muy de acuerdo. Y los primeros días sufrió (y sigue sufriendo de tanto en vez), porque estaba comiendo mucho y muy bueno, y mi estomago lleva años acostumbrado a estar limitado en proporción y calidad especialmente en tiempos de trabajo. A bordo, ya no es un secreto que la comida de los tripulantes no es exactamente la mejor, y yo, tiendo a tratar de llenarme exagerando en las proporciones de lo que se pueda comer.

Pese a las molestias iniciales, poco a poco estoy llegando a un acuerdo entre mi apetito y mi estomago que me permita probar todo lo bueno y no terminar medio día enferma. Admito, es difícil negociar las porciones con mi novio y su mama (de mi comida) y encontrar un balance entre satisfecha y familia contenta. La mayoría de veces lo logro, otras me ganan, pero ahí vamos. Solo he podido probar una pequeña muestra de la basta extensión de la cocina turca gracias a nuestro amigo Corona, sin embargo, ya fui advertida que tan pronto sea posible vamos a probar TODO. Les voy contando.





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