A flor de piel

Desde pequeña las emociones me han atropellado más que la inteligencia. Siempre he sido emocional, fatalista y negativa, todo encubierto bajo la palabra realista. Ahora menos que antes, pero, siempre que iniciaba un proyecto me imaginaba el peor resultado. Como cuando era pequeña y estaba en el colegio, al inicio de cada año yo ya lo daba por perdido (lo irónico es que nunca perdí un año).

Pero esa ha sido la constante de mi vida, y si a eso le sumamos el ser impulsiva, y aplicar la ley de hacer antes de pensar como filosofía de vida – muchachos lo que tenemos es una bomba. Del 100 % de mis decisiones, el 80 % ha venido con arrepentimiento incorporado sin importar el resultado (no me quejo, estoy orgullosa exprimirle el jugo a mi vida – o que lo diga mi mama).

Con esos arrepentimientos, pues obviamente, vienen los globos en mi cabeza (palabra clave a pensar demasiado) que vienen con trailers dignos de películas de Hollywood, llanto con lágrimas suficientes para llenar un rio y el plan de escape. El último, es el que usualmente, muy rara vez, llega a ser, porque siempre están o las palabras de aliento o los regaños de mi mama (depende de cuan cansada esta con la lata que le doy), que es mi polo a tierra y vaya que fuerza tiene para mantenerme centrada.

Si a ese cocktail de emociones le sumamos mi traslucida expresión, tenemos como resultado problemas gratis. Porque eso de sonreír en mi tiempo libre sin sentirlo, no se me da (servicio en proceso). Sin embargo, hay algo que aprendí – bueno dos cosas. Primero, que la gente cuando toma la decisión de tener un sentimiento especifico hacia uno, es casi definitivo, y no hay nada que uno haga que pueda cambiarles el parecer, a menos que ellos tomen la decisión de hacerlo. Y segundo, nadie tiene porque pagar los platos rotos de mi mente en crisis, o como lo llamaba una de mis amigas: Los días de Vivian.

Esos famosos días, son menos, si, pero cuando aparecen, es “cuando el toro quiere romper el corral” palabras de mi mama. Y en tiempos de Corona, la aparición no podía faltar. Definitivamente, en estos momentos mentiría si dijera que tengo problemas, nada más lejos de la realidad, de hecho, es el mejor momento de mi vida, sin embargo, sentir mucho no respeta hora o momento de vida. No hay tiempo para tener los sentimientos a flor de piel.

Esta es la hora que me doy cuenta de que cada situación charra viene con amplificador de emociones incorporado, y se activa simplemente cuando le da gana. Como por ejemplo, en tiempos de cuarentena, cuando el no salir es la nueva costumbre. Lo paradójico de la situación es que mi trabajo se desarrollaba en un ambiente concentrado, compacto donde había veces que no tocaba tierra, mas allá del puerto. Teniendo esto en mente, en mi cabeza yo pensaba que estaba bien, y que estaba manejando esta cuarentena como reina. Nada más lejos de la realidad.

Lo positivo del asunto, es que ahora estoy aprendiendo que sentir mucho no es tan malo, si el sistema de soporte es fuerte y funciona, lo que no significa, que hay que testear los limites de ese sistema. Todo es parte del proceso de aprender a desaprender viejos métodos, pero de eso les hablo después.

#aflordepiel #emociones #cuarentena #coronavirus

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